CDMX: una ciudad que fuimos

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Mi mamá nos subía solos al Trolebús, nos daba 20 centavos y la bendición. Íbamos a jugar fútbol y volvíamos solos a casa, cuando teníamos como 7 años”.

Las ciudades caminan siempre al paso de sus habitantes, crecen, se desarrollan y envejecen igual que ellos, y luego pasan a la historia, cuando ya no hay nadie que recuerde cómo solían ser.

Fue hace mucho tiempo y sin embargo, parece que fue ayer, cuando la enorme Ciudad de México no era más que tierra y polvo, para sus entonces apaciguados habitantes.

En 1950 la capital del país tenía unos tres millones de habitantes, distribuidos en un territorio extenso, que casi no tenía vías de comunicación, transportes o infraestructura urbana alguna. Y pese a ello, las personas simplemente vivían, y hasta hablaban y se conocían, como si de un rancho en la montaña se hubiera tratado.

Dice mi papá, quien entonces apenas caminaba, que solía ir con su abuela a un establo cerca de la Calzada de Tlalpan, donde vendían leche recién exprimida de vacas contentas, a un precio de centavos por litro.

También dice que solía escucharse el rumor, del todavía vivo Río Churubusco, que entonces corría libre y transparente, en medio de esta enorme ciudad. Nadie se pudo imaginar que un día todo eso se convertiría en una enorme plancha de cemento, alimentada por el rumor y el humo tóxico de millones de autos.

En aquella época no había muchas formas de traslado, y tampoco demasiados lugares a dónde ir, pero se vivía una ciudad a la que parecía no faltarle nada.

Allá por el sur, donde hoy está la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), entonces sólo había pastizales. Llegar ahí significaba ir muy lejos, a donde terminaba la ciudad y comenzaba el campo, y apenas unos cuantos “guajoloteros” se asomaban por ahí, algunas veces al día.

Y luego llegó la modernización, apareció el Metro como la panacea de la movilidad urbana, y los ríos se entubaron, por supuesta higiene, y para evitar inundaciones.

Contaba el poeta y músico Chava Flores, que las personas tenían miedo de abordar el Metro, pues no podían creer que un transporte tan veloz y eficaz (en esos tiempos) fuera seguro. Con nostalgia y resignación observaban cómo los viejos camiones, con todo y sus cajas de gallinas en el techo, iban quedándose atrás.

En menos de 40 años, la Ciudad de México se transformó, de una apacible ciudad, al caos capitalino siempre al borde del colapso, tal como la vemos hoy. Y todo lo que entonces parecía eterno, las casas enormes, los parques, los árboles que colgaban a la orilla del río, y hasta las vacas de los establos, se volvieron una anécdota de viejos y cansados habitantes, que tal vez hoy ya ni siquiera viven para contarlo.

Mirar las fotos de esos días, es pensar en lo efímero de la existencia, asumir que hoy es sólo lo que vemos, y mañana tal vez no, sin que el mundo se detenga siquiera a contemplar lo que se está borrando.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

 

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