¿Clase social?, ¡te engañaron!

¿Clase social?, ¡te engañaron!

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Los mexicanos son muy dados a creerse el rollo de las clases sociales, se discriminan entre ellos por pensar que pertenecen o no pertenecen, y juzgan todo desde esa extraña perspectiva. Eso, aunque a mayor discriminación mayor ignorancia y pobreza mental.

Según el Instituto de Estadística y Geografía (INEGI), en México hay seis clases sociales que van desde aquellos que viven de los programas sociales y la beneficencia, hasta quienes poseen grandes fortunas heredadas de generaciones atrás. Y en medio de ello, millones de mexicanos que no son necesariamente pobres, pero viven un poco al día y constituyen la fuerza trabajadora del país.

Y es que, pensándolo bien, la clase trabajadora sería la única con derecho a creerse lo que es, pues para el resto no tiene ningún mérito, ni vivir del gobierno, ni heredar una fortuna por la que no trabajaste nunca.

En el pasado, a la llegada de los españoles, el país se dividió en clases sociales y linajes, incluso por títulos nobiliarios, que justificaron el desdén con el que fueron tratados los indígenas.

Esa herencia de discriminación sigue viva en la actualidad y por absurdo que parezca, aún muchos mexicanos siguen pensando que las barreras sociales significan algo, que existe la posibilidad de separar y hacer diferencias en base al apellido o a las monedas que se lleven en la bolsa.

Es verdad que por una mala repartición de la riqueza en este país, hay enormes diferencias entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada, pero eso no tiene nada que ver con el asunto de las fronteras sociales, sino con que unos poseen demasiadas oportunidades y otros no acceden a ninguna.

Dejando atrás el tema de la injusticia, y el hecho de que en México habitan más de 50 millones de personas en pobreza, lo que en realidad sucede es que los mexicanos viven engañados por el asunto de las clases sociales; creen que tener unos billetes en la cartera y una etiqueta en la ropa, los hacen diferentes unos de otros, como si se tratara de un título o una credencial que dijera con quién sí o con quién no, podemos hablar.

Esta especie de disfunción del comportamiento social es fácil de leer en la opinión generalizada de la población. En este país se discriminan unos de otros, dependiendo del sitio al que creen que pertenecen, porque realmente creen que son del sitio donde nacieron, de la escuela a la que acudieron, o del sitio donde compraron su cena. Todo eso aunque, al final, todos sean sólo seres humanos que comen, hacen popó y babean cuando duermen.

Y peor aún, los mexicanos se califican entre sí, dependiendo de lo que les dicta su propio imaginario colectivo de las clases sociales. Usan frases como “no somos iguales”, “no encaja”, “se le asoma el código postal”, y otra serie de absurdas justificaciones para la ignorancia y el odio, que engendra su propia incapacidad de convivir sin etiquetas.

Porque a final de cuentas, y aunque no queramos aceptarlo, todos somos simples mortales que nacimos desnudos y desnudos nos vamos a morir.

@CronicaMexicana

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