Lluvia chilanga

Lluvia chilanga

lluvia2

Ver llover en la Ciudad de México es un acto que suscita diferentes reacciones y sentimientos. Por una parte despierta esa sensación de que la mugre de la ciudad se resbala un poco, y al menos el aire contaminado se despeja; por otro lado, ese olor de aguas estancadas y agua de caño que se sale de su cauce nos hace, a la mayoría, querer correr a refugiarnos en casa, antes de que llegue la inundación.

Desde que la CDMX existe, allá en la era prehispánica, cuando los indígenas navegaban por enormes canales de agua limpia, el asunto de la lluvia siempre ha sido un tema peligroso porque es imposible de frenar, y la infraestructura urbana tiene sus propios límites.

Peor aún, a mitad del siglo XX, a algún gobernante se le ocurrió que era buena idea, para evitar las inundaciones, entubar los ríos y volverlos enormes cauces de porquería humana. Y es así como llegamos al siglo XXI, viendo desbordarse el caño, cada que vez Tláloc se emociona con sus quehaceres.

Se calcula que en la Ciudad de México llueve, más de 45 días al año, juntando con ello un volumen de mil 100 millones de metros cúbicos de agua que incluso superan a los sistemas de distribución de agua potable que proveen a la capital y sus alrededores.

Últimamente este número se ha vuelto más trascendental que de costumbre, y es que la CDMX está atravesando una crisis de agua que preocupa a los expertos; se prevé que en los siguientes años la escases del líquido genere problemas sociales, migración masiva y hasta guerra civil, pues será cada vez más caro y difícil de conseguir.

Por todo lo anterior, la lluvia se ha vuelto un factor fundamental y que podría salvar a los chilangos de un apocalipsis casi seguro. Aunque más del 90% del agua que llueve, va directamente al caño, bien podría capturarse y ser tratada para funcionar como agua corriente.

Quizá esta solución podría, de manera indirecta, incitar a reducir la emisión de gases contaminantes, pensando que lo que emitimos a la atmósfera, termina cayéndonos en la cabeza en forma de lluvia e igualmente acabará saliendo por los grifos de nuestras casas.

Un error común de los mexicanos es pensar en los problemas como situaciones aisladas y no como un todo que tiene relación e influencia con muchas otras cosas. Así, la contaminación de la CDMX no puede arreglarse, si no mejoramos la captación de agua, la que está directamente relacionada con la cantidad de áreas verdes, la producción y el manejo de desperdicios que ensucian los mantos freáticos, y el uso de combustibles que enrarecen el aire y nuestros cielos.

De los 45 días de lluvia anuales que recibe la capital, entre 8 y 10 se consideran en el rango de lluvia ácida, por el exceso de partículas contaminantes que lleva el agua, lo que tiene consecuencias, aparentemente invisibles, en la salud de los habitantes y hasta en la estructura de las casas, que reciben directamente todo el ácido contenido en esas precipitaciones.

La lluvia es ese gran tesoro chilango con el cual nadie saber qué hacer, unos lo guardan, otros lo tiran, unos más lo ensucian y el resto le huyen, pensando que no tiene otra función que mojar las calvas de los desafortunados transeúntes.

 @CronicaMexicana

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail