¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas?

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Cuando yo era niña, hace algunos ayeres, las vacaciones de verano era un asunto que parecía interminable. Para quienes hoy son muy jóvenes, esto va a sonar a cuento fantástico, y es que el gobierno de México, año con año, en un afán infructuoso de “mejorar la calidad educativa”, ha ido recortando el periodo vacacional de las escuelas de nivel básico, al grado de que, en algunos lugares, no superan las tres semanas.

Sí, cuando yo era niña las vacaciones duraban casi tres meses; era un tiempo que parecía eterno, en un mundo donde los mocosos invadían las calles y en lugar de ver un panorama lleno de autos, el paisaje se llenaba de bicicletas, pelotas y humanitos que no superaban el metro con 20.

Claro que en aquella época, hace como dos décadas, no se escuchaba hablar tanto sobre la importancia de elevar la calidad educativa del país, mejorar las pruebas estandarizadas o alcanzar a los países desarrollados en los exámenes de matemáticas. Las vacaciones eran un tiempo obligado para jugar y estorbar en casa, agotar las ideas ociosas, y hasta extrañar un poco la rutina escolar.

En ese tiempo el famoso “regreso a clases” sonaba a un asunto lejano, una frontera que apenas se cruzaba al llegar septiembre y que se caracterizaba porque los niños manifestaban, como síntoma común, el olvidar con qué mano tenían que escribir.

Volver a la escuela entonces tenía su chiste, hasta resultaba emocionante recordar cómo era hacer la tarea, antes de esa época de anarquía en la que todos, absolutamente todos los niños, se convertían en changos iletrados, salvajes y carentes de control alguno.

Eran vacaciones y nadie recordaba ni su propio nombre, apenas y estaba presente el reflejo de comer cuando, en algún punto de la mañana, te aparecía un agujero en el estómago.

Hasta te daba gusto volver a ver a la maestra (sí, esa señora odiosa que te dejó mucha tarea todo el año) y sentarte junto a la niña que te caía mal, aunque a los dos días ya quisieras darles de patadas otra vez. Esos eran sentimientos inigualables, como el olor de los libros o el rechinar de tus zapatos nuevos, en el primer día de clases.

No hace falta encerrar a los niños más días en los salones de clase, hace falta que el tiempo que están ahí dentro sea mucho más eficaz y con contenidos de calidad. En cambio, sí hace falta reintegrarlos al tiempo de ocio, al juego y a la fantasía, en un mundo donde ser niño está cada vez más olvidado, y ellos aprenden más rápido a convertirse en adultos frustrados, tristes y solitarios.

@CronicaMexicana

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