Córtalas

Soy fruto de un amor que se pudrió, pero ahora qué, ¿me hago mermelada?

(Anónimo)

Hay que decirlo con todas sus letras: México es un país divorciado. Durante generaciones y generaciones, el sistema de la familia tradicional fue el único aceptado socialmente, es decir, sólo existía la unión entre padre, madre e hijos, dejando como malas todas las otras posibles alternativas. El punto está en que las propias estadísticas demuestran que, el sistema de la familia tradicional, no necesariamente es el más adecuado.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registra que, sólo en 2012, hubo en todo el país casi cien mil divorcios, número alto frente a los casi seiscientos mil matrimonios que se llevaron a cabo el mismo año.

De la década de los 80 hacia la fecha, el número de divorcios entre las familias mexicanas creció de cuatro por ciento, a 17 por cada 100, siendo las causas más diversas, el pretexto ideal para romper en pedazos tan famosa institución; desde las diferencias irreconciliables hasta la violencia intrafamiliar.

Todavía, durante buena parte del siglo XX, el divorcio no fue más que un tabú de la sociedad mexicana. Los hijos de padres divorciados, madres solteras, bastardos o huérfanos eran señalados por provenir de familias “disfuncionales”, que no encajaban en el modelo ideal y formador de ciudadanos normales, morales y correctos. Es por eso que, si se mira atrás con un poco de objetividad, puede verse que no todas las abuelitas vivieron felices por siempre, como quisieron hacer creer, porque era lo que convenía a la familia. Muchas veces, igual que en la actualidad, aquellos matrimonios, que a los ojos de la sociedad parecieron ideales, fueron en realidad un engaño.

La rutina, la mentira, la desconfianza, el aburrimiento o la violencia también mataron familias de otras épocas, pero entonces era más fácil callar y aguantar, que ser señalado por los demás. Como decían antes: ¡Te casaste, te chingaste! Y también por eso las familias, aunque pobres y miserables, tenían hijos sin parar, pues no había lugar para dónde hacerse.

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Afortunada, o desafortunadamente, la posmodernidad del Siglo XXI, también trajo apertura a los mexicanos y con ello la caída de esquemas que antes se suponían verdaderos. La liberación de la mujer, segundos o terceros matrimonios, las uniones libres, familias homoparentales y la facilidad para cambiar de pareja o incluso de preferencia sexual, han permitido que las personas ya no permanezcan en matrimonios que no desean, y que no tengan que conformarse con parejas ausentes o violentas.

Hoy no es raro que, en un salón de 30 niños, al menos 20 vivan en familias alternativas.

En el año 2009, el GDF legalizó las uniones de parejas del mismo sexo, y en el 2012 se consumaron 936 matrimonios de esta especie, en la capital del país, con lo que se abrió un camino hacia las familias alternativas. Actualmente, la adopción de hijos por parejas homosexuales está aún en debate, sin embargo, desde hace varios años, es la Ciudad de México el estado que lleva la ventaja en ese sentido.

Al final: tradicional, homoparental o disfuncional, la sociedad mexicana sigue corriendo a la par de la modernidad, la velocidad y el paso del tiempo. Las familias de hoy no son, para nada, iguales a las de ayer, ni serán parecidas a las de mañana.

Valeria Lira

@MoiraBoicot

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