Cinco cosas del DF que no verás en otras ciudades

La Ciudad de México es un mosaico de curiosidades, complejo y difícil de definir en una sola palabra. Es una urbe mágica y siempre dispuesta a sorprender a sus habitantes, con rincones que guardan secretos de todas las clases, olores y sabores, sólo destinados a mentes abiertas y corazones libres. Angel

El carrito de mollejas

Este es un clásico del paisaje urbano defeño, sobre todo en el Centro y alrededores. Siempre es un carrito, como de supermercado, donde va montada una olla a todo vapor, que carga consigo un manjar, sólo para valientes: patas, mollejas y menudencias de pollo, servidas en vasito, con salsa y limón. El señor “mollejero” recorre las calles de la capital, a bordo de su muy característico vehículo, y deleita a los transeúntes con una receta de generaciones ancestrales.

Las monas de mango

El D.F. se caracteriza por tener como habitantes, a unos seres que parecen más bien muertos vivientes. Caminan por las calles con la mirada perdida, y dejan tras de sí un olor extraño, como de pegamento. Dicen por ahí que la mona mata, y aquí se puede comprobar que es verdad. La famosa “mona”, es un compuesto de varios solventes, que se utiliza como droga inhalada, e incluso se le añaden sabores como mango o guayaba, para darle gusto al público.

Es muy popular entre los indigentes, por su bajo costo, fácil acceso y alta efectividad, que dura para varios días. La realidad es que la miseria en los cinturones de pobreza de la capital mexicana, es tan grave, que sus habitantes han encontrado entretenimiento en este veneno mortal, potente destructor de neuronas y útil para evadir la realidad.

Es probable que de éste, sí haya en otras ciudades, pero en el D.F. es algo tan común como el refresco de naranja o el tabaco, e incluso está saltando hacia otros sectores sociales, no tan desfavorecidos.

El chatarrero

Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas o algo de fierro viejo que vendan… Este es un clásico de las mañanas de domingo en el D.F. De la colonia más popular, a la más exclusiva, es todo un clásico ver aparecer un camión cargado de trebejos, fierros oxidados, y toda clase de curiosidades, en busca de los despojos de las casas. El negocio del moderno ropavejero está en recuperar todos los metales posibles, para venderlos por kilo a recicladoras, en las orillas de la ciudad.

Alguna vez la periodista Cristina Pacheco entrevistó a Mari Mar, la niña que inmortalizó sus versos, en esa famosa grabación que hoy recorre la capital y que, sin duda, cada mañana dominguera, es recordada por miles de chilangos que despiertan al ritmo de su voz.

Chino chino japonés

Es bien sabido que los chinos son algo así como las enredaderas del mundo, con brazos largos, que alcanzan desde la famosa República Popular China, hasta la Patagonia; toda América, Canadá, y del otro lado, hacia Europa, Oceanía, y de regreso. No hay un lugar del mundo en donde no vivan chinos, y México no es, para nada, la excepción. En los años 60 en el D.F. surgieron los famosos cafés de chinos, sitios pequeños donde se ofrecía té, café y pan, y que eran el sitio de reunión por excelencia, entre los jóvenes sesenteros.

El Eje Central, el Centro, Revolución o Tlalpan, las principales avenidas de la capital albergan, desde hace décadas y todavía, estos sitios de decoración oriental, ideales para una conversación amena, o una comida satisfactoria y de bajo presupuesto. Claro que los hay muy buenos, clásicos y famosos, y muy malos, lúgubres, y con una que otra cucaracha. Ya es cuestión de gustos, sin embargo, los cafés de chinos son una opción vigente y que, difícilmente, se replica igual en otras ciudades.

Los bocineros

Este es un fenómeno más moderno, surgido en los 90, en los vagones del Metro del D.F. Los bocineros son hombres y mujeres, que se dedican a vender, principalmente discos piratas, en este sistema de transporte, cargando consigo bocinas y aparatos, donde reproducen sus productos, pasando por el reggae, la bachata, la salsa y el rock and roll. Podría llegar a ser, hasta un entretenimiento para el agotado transeúnte capitalino, sin embargo, la opinión se divide, a unos les molesta, pero a otros les da igual. Y el punto es que ellos también ya son parte del paisaje chilango, al tiempo que se buscan el pan.

A inicios del 2015, el GDF lanzó una advertencia a bocineros y toda clase de vendedores, que invaden diariamente el Metro, diciendo que iban a eliminarlos sin piedad, para regresarle la comodidad a los usuarios. Hay quienes todavía siguen esperando a que esto suceda.

Una ciudad de ocho millones, 851 mil 080 habitantes, da para un montón de historias, sobre todo tomando en cuenta que los chilangos, no son cualquier mexicano, son el mexicano por excelencia, con todos los rasgos acentuados de una cultura que es, por sí sola, digna de curiosidad.

Valeria Lira

@MoiraBoicot

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