Hay que tragar

Esta es la capital de los contrastes más crueles, unos salen a volar y otros se caen por la coladera. Ellos dicen que no quieren robar, sólo se buscan el taco y la mona para olvidar la crueldad de la Ciudad de México.

A las nueve de la noche de un sábado cualquiera, un microbús es abordado por dos sujetos en estado extraño, con mucho trabajo ponen los pies adentro y empiezan un discurso casi sin sentido. Los viajantes se miran entre sí, abrazan sus pertenencias, intentan disimular el miedo. Todos están esperando lo peor, a ver a qué hora sacan la pistola, mientras una mujer humilde busca una moneda en su bolsillo y se la da a uno de los jóvenes, quizá espera que con eso se les pasen las ganas de robar.

“Mi madre me enseñó que es mejor pedir que robar, por eso este día vengo pidiéndoles un apoyo, ya que no cuento con ingresos económicos para solventar mis gastos…”

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Casi nadie se conmueve con la historia del hombre, todos tienen miedo, pero apenas un par deciden darle una moneda. Él bendice a todos y baja del camión. Una vez más, los pasajeros agradecen al destino haberse salvado del asalto. Quién sabe si bajo la ropa cargaban el arma que arrebata las vidas.

Madres abnegadas, niños con tumores cerebrales, ancianos sin ojos y señores que acaban de salir del centro de rehabilitación, conforman la gama de la mendicidad en esta ciudad de locos. Nadie sabe a ciencia cierta, qué tanto tienen de verdad las historias que cuentan, pero ellos son gran parte del misterio urbano que encierra esta calamidad de orbe, con sus casotas por un lado y sus techitos de cartón por el otro, separados todos por un gran abismo que habita en medio.

Para la clase media capitalina, vivir al acecho de los mendigos, los merolicos y los asaltantes es cosa de todos los días, parte del paisaje defeño que tiñe las calles de un gris intrigante. Cada esquina está ocupada, tiene un dueño impuesto por las organizaciones submundanas que regentean la necesidad y el pan de los más pobres. Esas organizaciones son invisibles, pero están siempre presentes y nadie se mete con ellas, gobiernan las calles, los camiones, los vagones del Metro y los semáforos.

La opinión se divide una vez más, hay quienes desearían que los prohibieran, que nos los dejaran subir, mientras otros quisieran que les dieran un trabajo “más decente para no andar en la calle”. Otros más no opinan, dan gracias de que piden por favor y no con un revolver sobre la cien de un pobre cristiano.

Una señora se sienta en el pasillo del Metro Chabacano, en el camino hacia la Línea Verde. El suelo la recibe lleno de lodo, escupitajos, revuelve la mugre con sus enaguas de colores percudidos; ayer era indígena otomí del estado de Hidalgo, hoy es una vagabunda que carga en brazos un chamaco mocoso y sudado. Estira la mano, pide una monedita por favor para darle de comer al niño, una caridad, por el amor de Dios, para poder tragar este día.

 

Valeria Lira

@MoiraBoicot

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