La Casa de las Flores es la casa de todos los mexicanos

La Casa de las Flores es la casa de todos los mexicanos

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Chismosos, hipócritas, llenos de secretos, empeñados en fingir que todo está bien, dramáticos, escandalosos y siempre listos para la fiesta, así es como somos los mexicanos y así nos retrata Manolo Caro en su nueva serie de Netflix: “La Casa de las Flores”.

Esta producción, 100% mexicana, es ante todo un reflejo de la sociedad posmoderna, tan empeñada en avanzar, pero al mismo tiempo tan atorada en tabúes y creencias que nos heredaron las abuelitas.

Y es que, ¿a quién no le dijeron que la ropa sucia se lavaba en casa? Y sí, se nos quedó en casa, pero nunca la lavábamos, se apestó, se pudrió y se llenó de gusanos.

Verónica Castro hace el papel de Virginia, una clásica madre mexicana a la que cada 20 segundos le quiere dar un infarto porque no entiende a sus hijos, y vive en un matrimonio más falso que el celibato de los padrecitos de la Iglesia Católica.

Todas las familias están llenas de señoras como Virginia, ocupadas en hacer creer a todo el mundo que formaron un hogar feliz, saludable, sin defectos y sin rencores, como si barrieran la basura bajo la alfombra para que nadie la viera.

Mientras tanto los hijos, en este caso Julián, Paulina y Elena, son un poco víctimas y verdugos de sus padres. Por un lado se aferran al hogar para no enfrentarse con sus propios demonios, pero por otro reclaman el mundo que los aguarda afuera, se vuelven feroces bestias contra quienes les cortaron las alas y temen ver que la vida se les escapa, tal como sucedió con sus padres.

Quizá lo más importante de esta serie es que toca justamente la actualidad de las familias mexicanas, mismas que luchan por dejar atrás las reglas inservibles que les heredó la cultura tradicional, pero al mismo tiempo, temen enfrentarse a los retos del mundo nuevo y entender que las cosas ya no son como antes.

La Casa de las Flores es una casa como tantas otras hay en México, llena de secretos que se esconden entre los cojines del sillón y salen de ahí el día menos pensado, con los invitados a una importante reunión, para exponer a los habitantes como prisioneros frente al paredón de fusilamiento.

Por supuesto que no es el caso de tu familia ni de la mía, esas son perfectas, nunca nos salen granos en las nalgas ni nos apesta la boca, menos aún andamos ocultando secretos bajo la almohada o escuchando confesiones atrás de la puerta. Eso ha de pasar en otras, pero en la nuestra no… ¿O sí?

@CronicaMexicana

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