Casarse está en mexicano

Casarse está en mexicano

boda

Algunos osados se han atrevido a afirmar que el matrimonio es la base de la sociedad; con todas esas cosas de la familia natural, los núcleos filiales, los matriarcados, las familias muégano y la supuesta importancia de la pareja, en un país como México, donde no vales lo suficiente si no tienes una relación sentimental.

Al menos seis de cada diez personas, están casadas legalmente en este país y cada año se llevan a cabo poco más de 500 mil matrimonios, lo mismo de personas del mismo sexo que de parejas heterosexuales.

No hay que ser demasiado inteligente para saber que la institución del matrimonio, en México, es un poco una figura hipócrita, que sirve más al imaginario colectivo de la sociedad, que a las mismas parejas que sufren todo el proceso, desde verse obligadas a encontrar la famosa “media naranja”, hasta verse atadas a una rutina, tener que asumir roles prefabricados, e incluso, obligarse a sí mismos a tener hijos, solamente para cumplir con los estándares tradicionales.

Y no, no es que el matrimonio en si mismo sea malo, hasta puede llegar a tener beneficios, si se considera como una unión sentimental, que busca extender las relaciones humanas y crear vínculos para toda la vida.

Sin embargo, al menos en México, considerado tradicional, conservador y hasta de doble moral, como característica principal, estamos aún a años luz de comprender que casarse no es un deber, es una decisión personal que sólo concierne al par de involucrados, y no a todos aquellos que se dan el derecho de opinar, hasta el color de la servilleta o el sabor del pastel.

Sumado al chisme que implica casarse en México, la verdad es que menos del 10% de los invitados a una boda acuden para compartir el momento con los novios; el otro 90% va a comer gratis, y a tener algo para criticar en los siguientes días.

Sí, la sociedad mexicana puede llegar a ser una peste, un verdadero dolor de cabeza moral, que no siempre es posible ignorar.

Como contaban las novelas costumbristas de los primeros años del siglo XX, las señoritas tienen que casarse antes de los 20 años para que no se les vaya el tren, guardar su virtud para el matrimonio, o llevar tripas de pollo para poner en la sábana nupcial, saber cocinar, tejer, zurcir, lavar, cantar, rezar, aguantar, escuchar, callar, soportar y vestir femeninamente, en todas las ocasiones posibles y siempre que el señor esté presente.

Suena de la Edad Media, y sin embargo no es tan difícil darse cuenta que, estos preceptos todavía siguen muy vigentes en la sociedad mexicana, especialmente en torno a las mujeres, que desde niñas son impuestas ciegamente a buscar un “príncipe azul”, que las salve de su propia desgracia de existir.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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