No seas mexicana

No seas mexicana

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Nacer mujer y mexicana, es igual a convertirse, con ayuda de la sociedad, en una especie de híbrido mal hecho, sin alas, sin posibilidad de destacar, simplemente porque así está establecido el sistema.

Si naces hombre, en México, puedes hacer prácticamente lo que quieras desde tus primeros años; elegir el juego, salir y entrar a la hora que quieras, tener los amigos que desees, escoger con quién flirtear y con quién tener una relación seria, decidir si quieres o no condón, si quieres el matrimonio o no, en qué momento y bajo qué condiciones; esas son cosas que sólo puedes hacer, si eres hombre.

Pero si naces mujer, tendrás que esperar como un ente inanimado a que te digan qué sigue en el camino de tu vida. El sistema establece que no puedes salir de casa sola, tienes que esperar a que él tome la decisión de llamarte, a que él quiera casarse, tener hijos o botarte por otra, porque ya no sirves.

Todo lo anterior explica las altas cifras de violencia de género contra ellas; es imposible empoderar a las mujeres en un país donde se les confina a tener un papel siempre menor, equivalente a los vegetales que se pudren en el refrigerador, porque no tienen voz, voto o pies para salir corriendo.

Ellos pueden, por alguna extraña razón, decidir pasar su vida como conquistadores, con una mujer tras otra, sin enfrentar los problemas de formar una familia. Pero ellas no, ellas deben desesperadamente buscar un matrimonio, amarrar al hombre que se deje y llenarlo de hijos, aún cuando su relación con él no valga la pena, y él no sea un sujeto respetuoso, responsable o útil.

Los hombres y las mujeres en México crecen y se educan bajo un sistema arcaico, sin libertad de movimiento, y con la firme convicción de que nacieron para ejercer sólo las tareas que a sus géneros les fueron asignadas.

Ni las tareas domésticas, ni la ternura, ni la severidad, ni siquiera la decisión de ser autónomo e independiente, son cosas propias de hombres o mujeres. El ser humano tendría que tener una mente tan abierta, como para ser capaz de aprovechar toda su libertad y ejercerla a placer, porque para eso nació.

Pero en México la historia es otra, aquí todavía pensamos como en el siglo XV; ellos sólo quieren mandar, proveen lo que se les da la gana y se lavan las manos, ellas nacen, crecen y viven pensando que tienen que ser madres y esposas, mujeres ocupadas en lavar la ropa, ver telenovelas y cambiar pañales apestosos, porque “esa es la cruz que les tocó”.

El ser humano tiene un potencial ilimitado, siempre y cuando no sea mexicano, y tenga que enfrentar los estereotipos retrogradas que todavía se mantienen, y son alimentados por la televisión, la publicidad, y hasta por el mismo clero religioso.

@CronicaMexicana

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