Por unas tangas

Por unas tangas

carcel2

Es la sala de visitas de un penal cualquiera, en México. Por la puerta aparece una mujer regordeta, de unos 60 años de edad, vestida con un uniforme café, propio de la cárcel de mujeres. Se encuentra encerrada en aquél lugar, porque se le acusa de robo a una tienda departamental, ella es fardera de profesión.

Este delito, caracterizado por los hurtos silenciosos a tiendas minoristas, tiene encerradas en cárceles de México, a miles de personas, y representa más de 10 millones de pesos anuales en pérdidas.

En el centro de la habitación hay muchas sillas y mesas agrupadas, parece una sala de café cualquiera, con la diferencia de que aquí las moscas se paran en tu cabeza y en vez de meseros hay custodios.

Un hombre trajeado espera sentado en una mesa de la esquina, la mujer regordeta toma asiento al frente. Se miran, él conoce a las de su tipo, todas iguales, quién sabe si esta vez vaya a salir.

Ella tiene esperanzas en el abogado de oficio, asalariado y malencarado, que tiene enfrente. Está decidida a contarle su historia, de todas maneras ya está acostumbrada al encierro, tarde o temprano la dejarán ir, –son gajes del oficio– piensa ella.

Mientras se hallan sobre esa mesa, ella le cuenta su historia.

Cómo se llame no importa tanto; ella es fardera. Desde los 14 años aprendió a robar, primero en las tiendas pequeñas, los abarrotes, unos dulces, unos refrescos, cigarros –eran cosas de niñas, dice– mientras se acuerda de sus primeras “aventuras”.

Con el tiempo robar se le hizo costumbre, aprendió que había mucho espacio entre los senos y que las lonjas, que poseía desde la infancia, eran útiles escondites para los chicles, los papeles de baño, lo que se fuera necesitando.

Las estadísticas señalan que la mayoría de los que realizan robo “hormiga” son menores de 30 años y, a excepción de algunos casos, la mayoría lo hace por costumbre y no por necesidad.

Ella nunca supo de estudios, llegó hasta la secundaria, pero no terminó por andar entre la juventud alocada. Se dio a la vagancia, al amor, hizo de su vida “un chilaquil”, como le dijo su mamá, cuando la corrió de la casa.

En ese punto de la plática, parece que quiere llorar, pero se aguanta y se resigna a seguirle platicando al abogado.

Cuenta que así como se le fue la infancia, “luego, luego, vinieron los chamacos, primero vino la niña, de un novio que yo tenía, y como a los tres años, que me embarazo del niño. Su papá nunca quiso hacerse responsable, nada más me quería pa´cojer y luego me mandaba a la chingada, entonces decidí que tenía que sacar a mis hijos adelante, porque estábamos solos, nadie nos quería”.

Fue entonces que se introdujo más al negocio, dejó los abarrotes y entró a los mercados, tiendas más grandes, ya les había agarrado la medida.

Entonces empezó la buena vida para ella y sus hijos, hizo suyos los grandes almacenes, “yo soñaba con vestirme como esas señoras que compran ahí, elegante, que me sonaran los pesos en la bolsa”. Así fue, puso su propia venta en los mercados ambulantes, se vestía de lo mismo que robaba, mandó a sus hijos a la escuela y se dedicó a “hacerla en grande”.

Muchos años después, ella misma relata: “Grabadoras, televisiones entre las piernas, juguetes, yo sacaba de todo. Con eso mis dos hijos pudieron estudiar, hicieron su carrera, hoy son alguien y no tienen que robar como yo. Ahora, esta última vez que me agarraron, andaba en una departamental, me atraparon porque me metí unas tangas entre la ropa, es que mi hija se va a casar y quería regalarle algo para la noche de bodas”.

Así es de irónica la vida. El abogado se ríe, le dice que va a analizar su caso, que puede hablar con alguien y a ver qué pasa.

Una de las mujeres que cuidan la puerta, grita que ya se acabó la hora de visita. Ella levanta su regordete cuerpo y se despide agitando la mano. El abogado le dice que volverá pronto, que espere, que aguante…

Valeria Lira

@CronicaMexicana

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail