El agua que nos robaron

El agua que nos robaron

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Todavía hace unos 60 años, el agua de México era un recurso natural cuyos únicos dueños eran los ciudadanos, igual que del sol, el aire o los árboles. Se trataba de un elemento libre, limpio, y que entonces parecía inagotable.

Lo cierto es que nada hay que dar por hecho, porque todo por servir se acaba y acaba por no servir. Hoy, en pleno siglo XXI, vivimos una pesadilla en la que ya se habla de que las siguientes guerras mundiales serán por la disputa del agua; en un planeta invadido de contaminación, y que está agotando sus recursos a una velocidad impresionante, el agua empieza a ser un problema y ya no parece tan inagotable como antes.

Cuentan quienes vivieron hace más de cinco décadas, que el agua brotaba cristalina de los ríos, los pozos, las cascadas y los grifos de las casas. Nadie tenía miedo de beberla, no existían los garrafones, y menos aún se hablaba de sequías o de escasez. Hoy se calcula que 22 millones de mexicanos no tienen acceso al agua potable, o al menos a líquido limpio.

Dice la leyenda que en aquel entonces, cuando aún no había grandes redes de agua potable o alcantarillado, como las que vemos hoy en sitios como la Ciudad de México, este preciado elemento era gratuito, no llegaban recibos, ni existía algún organismo regulador que acudiera a cortar el servicio por falta de pago. Y menos aún era posible pensar en que, un día, alguien la iba a embotellar y a ponerle precio.

Es como la pregunta del huevo y la gallina, en este caso tampoco se sabe quién llegó primero, si la contaminación a los afluentes de agua, que obligó a clorarla y embotellarla para evitar riesgos, o las empresas que venden el producto, que bien pudieron haber contribuido a desprestigiar este recurso natural, para crear la necesidad de comprar uno que es “supuestamente” puro.

México consume 248 litros de agua embotellada por habitante al año, una de las cifras más altas del planeta. Eso equivale a millones en ganancias para las multinacionales que se encargan de ponerla en las tiendas, una mina de oro que se acabaría, si regresara la creencia de que el agua del grifo es pura y saludable.

Aunque no todo es culpa de esas empresas, los mexicanos y la manera en que contaminan, han contribuido mucho a que realmente el agua de la llave no pueda ser apta para consumo humano.

Es tan sencillo como pensar en toda la basura que a diario invade los ríos, drenajes y cañerías, mas todo lo que hogares, industrias y sitios públicos tiran al agua. Todo eso son millones de litros cúbicos de líquido vital contaminado, ante lo cual hay poca infraestructura de tratamiento y reutilización.

Peor aún, al menos en la Ciudad de México ni siquiera el agua de lluvia es reusable. Se calcula que, dependiendo de los niveles de contaminación atmosférica, en promedio 30 días al año aquí cae lluvia ácida, compuesta de metales pesados, producto de la quema de combustibles.

Somos tan cochinos en la capital del país, que ya hasta logramos modificar el proceso físico de la producción natural de lluvia, para agregarle nuestras porquerías.

Y esto sólo es el principio, una serie de señales –como llamados de atención– para reflexionar el camino andado, retroceder y ver qué está mal, en este proceso de avance de la humanidad, que a la vez va en detrimento de su propia existencia.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

 

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