Una visita al café de chinos

En el corazón de la colonia Guerrero, tuve una vez un viaje a lo desconocido. Aquel medio día apremiaba el hambre, y el sol quemaba sobre mi cabeza. Caminando por una calle minada de basura y edificios destruidos, alcance a ver un local titulado como: “Pan Chino”, un pequeño café, algo lúgubre y melancólico, con algunas decenas de fotografías opacas, que poblaban la pared; mesas llenas de migajas y comensales calvos. Ya había visto sitios parecidos antes, con sus sillas pequeñas y unos panecitos en las ventanas.

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Al no haber más opción, me decidí a entrar y abordé una mesa en el ala izquierda de la sala. Frente a mis ojos quedaron unas migajas del pan que alguien comió momentos antes, seguramente con todo y restos dentales en ello. De pronto apareció una mujer mayor, el pelo mal amarrado, el maquillaje sucio y un aire de hartazgo que pesaba en el aire. Era la mesera, quien me dio, casi sin hablar, un menú embarrado de grasa, y algo que parecía ser huevo estrellado del día anterior. No me quedó de otra que agarrarlo y echar una mirada a una carta, que parecía no haber sido actualizada desde el año 1950, cuando el tocino se consideraba un alimento saludable.

Sin más, le pedí a la mujer un sándwich de jamón, y ella, en un gesto natural, se acercó hacia la barra del restaurante, donde un extraño hombre de aspecto oriental, o más bien extraterrestre, por los ojos chupados y la falta de pelo, metió su mano peluda en una bolsa y le dio a la mujer dos rebanadas de pan. Ella los tomó con normalidad y se fue hacia la parte de atrás. Para ese entonces mi estómago ya era una revoltura de sensaciones, había algo en mi interior que quemaba, y el desayuno se me había regresado hasta la garganta.

Mientras esperaba por mi sándwich, estuve mirando las fotos de las paredes, casi todas en un tono monocromático, opacado por una nata gris de polvo. Algunas estaban firmadas, otras parecían llevar sobre sí, a algunos “alguienes” importantes, de hace como cien años. Me entristecí al pensar que, casi todos ellos, con sus trajes relucientes, la alegría vivida en aquellas noches que quedaron inmortalizadas en las fotos, estaban ya muertos y comidos por los gusanos.

No pasaron más de cinco minutos, cuando la mujer apareció de vuelta con mi comida. Frente a mí puso lo que, en apariencia, era un sándwich de jamón común y corriente. Mi primer impulso fue abrirlo para ponerle un pedazo de chile jalapeño, y lo primero que encontré fue una plasta gigante de mantequilla semi derretida. Suspiré, lo volví a cerrar, y le di una mordida a ese montón de calorías y grasas saturadas.

Luego de unos segundos se me cerró el estómago, y no pude seguir comiendo. Una mar de grasa flotaba por mi boca, y el recuerdo de la mano peluda del hombre, me provocó nauseas. Lo alejé de mí y me puse a ver el paisaje tras la ventana. El sol no se daba por vencido y un aire polvoso corría por aquella calle solitaria. Al frente alcancé a ver lo que pudieron ser departamentos abandonados, en una torre rota y solitaria. Desde mi mesa sólo distinguí vidrios rotos, y en el cuarto piso, lo que quedaba de un balcón, con una cortina sucia, que flotaba en el aire sin descanso.

Bajé la mirada y me encontré varias charolas de pan, que adornaban la fachada del café. Otra vez se me abrió el apetito y me acerqué a mirar si había alguno para mí. Crucé frente a los ojos del extraterrestre, pasé rápido y él giró su cabeza para mirarme. Entonces alcancé a ver una bola redonda, como pelota de tenis, que salía de su cuello, como si otra cabeza le estuviera por nacer entre las arrugas y las verrugas. Ignoré los detalles y me puse a ver. Cubiletes, donas, moños y pastelitos, todos los panes tenían buen aspecto, quizá por eso la cucaracha que paseaba sobre ellos estaba tan alegre.

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Pagué mi cuenta y salí por la puerta, mientras el chino no dejaba de observarme.

 Valeria Lira

@MoiraBoicot

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