La ciudad de las bicis fantasma

La ciudad de las bicis fantasma

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Su nombre era Liliana, tenía 23 años y estudiaba en la UNAM. En 2009 murió, luego de ser atropellada por un auto a exceso de velocidad, mientras circulaba en su bicicleta por calles de la Ciudad de México. Ella se convirtió en un símbolo, y en su memoria se colocó la primera bicicleta fantasma de la capital del país.

Ahora, cada que alguien circule, camine o ruede por Avenida Universidad, tendrá que mirar a un lado del camino y ver lo que Liliana dejó, un cadáver de bicicleta blanca, colgando de un poste, como símbolo de que existió.

Las llamadas bicicletas blancas o fantasma, son un monumento urbano, inspirado por organizaciones internacionales, cuyo objetivo es hacer honor a quienes han muerto a bordo de estos vehículos, y recordar a la sociedad que los ciclistas también existen, son personas, hijos, padres y amigos, a quienes esperan en casa.

Actualmente en la Ciudad de México, hay al menos once bicicletas blancas, todas en memoria de niños, jóvenes, hombres y mujeres, que fueron muertos por la imprudencia de conductores de autos, y la falta de infraestructura que proteja a los ciclistas urbanos.

En los últimos cinco años, más de 1,500 personas murieron por accidentes de bicicleta, en todo el país. Solamente en 2015 murieron 17 ciclistas en la Ciudad de México, derivadas todas las muertes, de más de 200 accidentes, en los que se vieron involucradas bicicletas, autos y hasta camiones de transporte público.

El uso de las bicicletas blancas es una manera dolorosa, pero certera, de recordar que todos somos mortales circulando por la ciudad, cada uno a la manera que quiere y que puede, y deberíamos poder hacerlo sin el temor de salir volando, sólo porque alguien se cree dueño del asfalto, por llevar un motor encendido.

Más triste todavía, muchas de las víctimas de estos accidentes son niños, menores que circulaban sin otro afán que hacerlo porque sí, por diversión, como un juego que no debió, en ningún momento, convertirse en un asunto mortal.

Carriles especiales, señalamientos, luces y hasta chalecos reflejantes; se ha intentado de todo en la capital del país. Aun con eso, no importa cuánto se esfuerce el gobierno en armar a los ciclistas, si mientras tanto el resto de la sociedad, no concientiza la necesidad de aferrarse a un transporte alternativo, que garantice salud, ahorro, eficiencia y sobre todo seguridad.

En general, no solamente en el tema de las bicicletas, México no se caracteriza por ser un país con conciencia vial. Mientras otras naciones exigen exámenes rigurosos para obtener una licencia de manejo, aquí prácticamente cualquiera que pueda firmar tiene una. Y ni hablar de las facilidades para obtener un auto, como si realmente necesitáramos más y las calles estuvieran faltas de ellos.

La cuestión es tan sencilla como pensar que, si el conductor que ese día atropelló a Liliana, no hubiera consolado su prisa pisando el acelerador, tal vez ella estaría viva. Y tantos y tantas otras Lilianas, víctimas de la imprudencia, la intolerancia y la cerrazón de los mexicanos; nadie cree que sea posible transformar la movilidad de las grandes ciudades, hacer calles más limpias, menos ruidosas y más amigables con la humanidad. Y sin embargo, en México, y en todo el planeta, muchas personas mueren a diario soñando eso, intentándolo y arriesgando sus vidas para sentar un precedente de que algo puede ser diferente.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

 

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