El mal de las vacas gordas

En días recientes hubo una psicosis en las redes sociales por la advertencia de la OMS respecto a que la carne roja y los embutidos son potencialmente cancerígenos para el ser humano, incluso más que el tabaco o el plutonio.

De inmediato surgieron opiniones en todos los sentidos; se manifestaron las conciencias de los protectores de animales, veganos nivel 5 (los que no comen nada que tenga sombra), y también las de quienes son arduos defensores de la carne ensangrentada en hamburguesa.

Lo cierto es que la alarma es real y nos remite a una realidad más que conocida. Hoy día vivimos una feroz industria de la carne y los productos animales, y sólo en México se consumen más de 30 kilos por persona al año, entre vaca, puerco y pollo. Este tipo de consumo ha rebasado los límites, y eso nos lleva a consecuencias inimaginables.

El 40% del gas contaminante de todo el planeta lo producen las vacas, de las cuales hay el doble de población que seres humanos. Muchos le atribuyen el cambio climático al uso excesivo del automóvil, pero casi nadie se imagina que comerse un bistec, también provoca contaminación y nos está matando lentamente a todos, carnívoros, vegetarianos y come-piedras.

El documental Food Inc, del año 2008, dirigido por Emmy Robert Kenner, es una muestra clara de las consecuencias de la industria de la carne. En poco más de 90 minutos enseña a dónde ha llegado la producción excesiva de este alimento: granjas en quiebra por culpa de las grandes industrias, pollos tan gordos que ni siquiera se mueven y un niño muerto por comer hamburguesas contaminadas.

Da miedo, pero es la realidad de una máquina de la muerte, contaminación y dolor, que hoy es imparable; algo que sólo la mano del consumidor podría frenar.

Otro absurdo: Casi cien millones de personas en todo el mundo padecen hambre y no tienen acceso a los alimentos básicos. Esto contrasta con que, el 70% de la producción de comida se destina a los animales en engorda, ¿entonces qué sentido tiene? La respuesta es simple: acabar con el hambre en el mundo, en lugar de alimentar vacas, pollos y puercos, no es rentable para la industria.

Y tampoco se trata de dejar de comer carne y vivir de arena, la proteína animal también es básica en la dieta humana. Un menor de seis años que no consume estos alimentos, no cerrará su tallo cerebral adecuadamente, con consecuencias irreversibles en su desarrollo intelectual.

Es una cuestión de equilibrio; volver al tiempo en que comíamos de todo, sin depender de un trozo de carne para sentirnos satisfechos. Y no seguir alimentando a una industria insaciable de muerte y dolor.

Y ni hablar de la vida de los animales en engorda, porque eso es otra historia…

PastedGraphic-6c

Valeria Lira

@MoiraBoicot

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail