Depresión de domingo

Depresión de domingo

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Y parado frente a la ventana, observas la caída del sol, en el horizonte gris que precede a la noche. Poco a poco ves las luces de los autos encender la ciudad y el ruido de la calle te recuerda que mañana es lunes.

Poco hablada, pero bastante más común de lo que pareciera, la depresión dominical es un mal de los habitantes de las grandes orbes que, con el último día de la semana, ven irse sus esperanzas, su tranquilidad y llegar el regreso a la abrumante rutina que los asfixia.

En promedio, un mexicano tiene menos de 14 horas de tiempo libre a la semana, algo así como dos horas diarias. Esta cifra es la más baja en Latinoamérica.

Se sabe que este padecimiento es equivalente, en algunas personas, a lo duro que puede padecerse el año nuevo, pero semanalmente, con todas las cuentas vencidas de los sueños no realizados, los recuerdos, la recriminación por los errores y la dura montaña que parece venírsenos encima con la semana que empieza.

Chilangos de todas las edades y estratos sociales, sufren este mal cada domingo, luego de vivir la euforia de ver llegar el viernes con la misma velocidad con la que se aleja, pasando por el sábado, que se esfuma en un pestañeo.

Eso de la depresión en los mexicanos no es nada nuevo. Aquí da depresión hasta porque pasa la mosca, o porque no pasa, y es que las cosas nunca han estado en el país como para andar saltando de alegría.

Sin embargo, el domingo es una herencia especial de la cultura occidental y el sistema capitalista, y nos han enseñado, de generaciones atrás, que todo hay que ordenarlo para empezar y terminar alrededor de él, sin reflexionar que nos estamos atando al círculo vicioso del tiempo limitado, y la fantasía del calendario que nos vuelve mortales.

Es casi tan común como estornudar, abrir los ojos la mañana de domingo y sentir un enorme vacío, que va de los pies hasta el estómago, y remata en la cabeza. Prender la televisión en las caricaturas, normalmente es el día en que se programan la viejas, las que te recuerdan tu infancia. Y cuando menos te das cuenta, ya pasan de las 12 del día. Es domingo y hay muy poco para hacer, casi todo está cerrado o sufre el colapso de las familias felices, niños molestosos y mamás gritonas, abarrotan las tiendas, los parques y hasta las banquetas.

Pero quedarte en casa significa hacerle frente a todo lo que no hiciste en la semana, pilas enormes de ropa por lavar, proyectos abandonados que no terminaste y quizá hasta una deuda pendiente, con algunos recuerdos, fotos viejas, canciones, ideas que rondan tu cabeza, y entender cómo llegaste al punto en que un domingo es exactamente igual al anterior.

Suena horrible y en verdad así es para quien ha encontrado que, vivir cada domingo es recordar el inicio, pero también el final de algo, un constante volver a empezar que no quisieras tener encima; pero ya naces con él, te lo heredan.

Al final, todo se resume en que algo estamos haciendo mal como sociedad al no distribuir los tiempos libres en forma equitativa. Llegar al domingo siempre será pesado, si no trabajamos sobre nosotros mismos a lo largo de la semana, porque ese día significa el enfrentamiento con la ruptura de la rutina, el tener tiempo suficiente para la reflexión que, tras mucho tiempo de no hacerla, es aplastante.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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