Tragicomedia del transporte urbano

Es el medio día de un caluroso lunes en la Ciudad de México. Sobre una avenida grande, ruidosa y transitada corren los autos, los camiones, las bicicletas y uno que otro microbús en plena faena citadina. Apenas se distingue el aire de una espesa nata gris, que sale de tanto monstruo de acero transitando por la capital; esto es algo así como la jaula de los leones, pero con más gatos y llena de smog.

Todos quieren llegar o quieren irse, como en plena huida, no importa, lo que sí es verdad es que el pesero, el microbús, el Metro o el Metrobús, tienen en esta orbe un lugar especial, aunque algunas veces el chilango promedio tire pestes en su contra. Es algo así como el motor que hace correr las calles y las avenidas, que hace al sol preceder a la luna y al sol otra vez, eternamente.

transporte

A esta hora, bajo el sol ardiente, todos van o vienen: los niños de la escuela, los Godínez a comer, las mamás de vuelta a casa, y las zanahorias que se salen por la bolsa del mandado. En este microbús verde óxido ya no cabe ni un alma, y al tiempo que corre por Tlalpan, se ven las cabecitas asomadas, buscando ventilación al tufo axilar que provocan los rayos del sol.

Es el microbús el hogar de la telenovela mexicana. Aquí se escuchan los sueños, las tristezas y las desesperanzas de la población de a pie. Si dicen que un chilanguito promedio pasa más de dos años de su vida atrapado en el tráfico, entonces es el transporte público una parte de su hogar, donde sueña, se cansa, se desespera, pero también planea, se ilusiona y vive.

Unos suben y otros bajan, el manoseo a propósito y sin querer está a la orden del día, y las señoras más corpulentas son también las más urgidas en encontrar lugar, para poner sus cabuses grasientos y pesados.

Como si fuera ley entre los microbuseros, casi siempre es la cumbia la que acompaña el viaje. A lo mejor es porque pone contentos a los chilanguitos, la cumbia los hace sentir que bailan y se ríen, se les olvida que no tendrán para comer mañana, que ya llegó la cuenta de la luz y que no les pagaron la tanda en la oficina. Y cuando se bajan y se van a sus casas, al trabajo o a la escuela, andan siempre contando las horas para volverse a subir al camión.

Y así, corriendo, el transporte público de la Ciudad de México es un recuento de cómo es la vida del mexicano promedio: apretada, rápida y feroz; uno la suda para vivir en este país y no caerse cuando el microbús va lleno.

Valeria Lira

@MoiraBoicot

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