Al fondo a la derecha...

Al fondo a la derecha…

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No hay nada más terrorífico que entrar a un baño público en la Ciudad de México. Como si fueran una especie de agujeros negros, uno entra preguntándose si podrá salir, si habrá papel y si no saldrá una mano del escusado para jalarnos hacia las profundidades de la cañería chilanga.

Claro, si tienes suerte y te encuentras con la tienda del tecolotito, te toca entrar a un baño súper decente, con olor a flores, papel suavecito y una señora que te saluda con cara de saber lo que vas a hacer ahí dentro.

Si eres más desafortunado y la necesidad apremia, entonces te toca entrar a un baño de mercado, de cantina o de McRoñalds, esos donde la incertidumbre es tan grande como tus ganas de hacer de las aguas. Ejecutar la tarea requiere mucha más concentración, te tienes que mentalizar para que todo salga bien y para que los dos cuadritos de papel disponible sean suficientes (siempre puedes recurrir a la estrategia del calcetín).

En los baños públicos más populares, siempre hay una señora gorda sentada afuera; su cara de amargura corresponde proporcionalmente a la peste monumental que ha de “quemarse” a diario. Hay trabajos muy peligrosos, pero nada más dañino para el amor propio que ser “la señora del baño”, y encima recibir las bendiciones de la gente, porque solamente tocan diez centímetros de papel por cabeza.

Y ya estando ahí dentro, lo mejor que te puede pasar es entrar, tocar la puerta lo menos posible, fijar tus pies en una posición en la que no se encuentren con orines, gargajos y otros restos de porquería humana, hacer lo que debes en total silencio, lavarte las manos con suficiente jabón (si encuentras) y salir disparado. De otro modo, si la cosa se pone difícil, te va a tocar oír ruidos extraños, de esos que nunca se olvidan y aparecen en las pesadillas más aterradoras, y de paso hacer los tuyos propios para luego salir con cara de “yo no fui”.

Sí, todos salen a lavarse las manos y hasta saludan, como si no acabaran de dejar sus desgracias allá adentro, flotando en las turbias aguas de la capital mexicana.

Sólo en el Centro Histórico de la CDMX hay más de 150 establecimientos catalogados como baños públicos, la mayoría de los cuales, y salvo sus honrosas excepciones, son puertas hacia la dimensión desconocida, extraños túneles sin salida donde todo puede suceder y algo que nos obliga a dar gracias cuando llegamos a casa.

Hay países, muy alejados de México, en donde el gobierno trabaja para construir baños públicos de ensueño, casi ofrecen experiencias extrasensoriales por tan sólo una moneda. Y hasta te dan las gracias cuando terminas de hacer tus cositas.

@CronicaMexicana

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