Nos faltan los niños del Rébsamen...

Nos faltan los niños del Rébsamen…

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Los esperaron por nueve meses, los vieron nacer, crecer, aprender a caminar, les enseñaron a cruzar la calle, los arroparon en las noches de frío, los consintieron en sus cumpleaños y planearon para ellos los mejores regalos de Navidad. Les auguraban todas las posibilidades de un futuro brillante, el resto de una infancia maravillosa, la adolescencia, el primer amor, muchos viajes a la playa, conocer el mundo y convertirse en todo lo que albergaron sus sueños de niños. 

En eso pensamos todos los que sobrevivimos al 19 de septiembre del 2017 en la Ciudad de México. Esos 21 niños, que ya no están, murieron bajo los escombros del Colegio Enrique Rébsamen, en un terremoto de 7.1 grados que cambió por completo la cara de la ciudad y la vida de millones de habitantes. 

Mirando la tragedia a distancia, uno podría pensar que se pudo haber prevenido, quizá el gobierno tuvo la culpa por autorizar construcciones mal hechas, con materiales inadecuados y con sobrepeso. La prensa cuenta que esos 21 niños murieron por la negligencia de la dueña de la escuela, quien construyó su casa sobre varios pisos de salones de clase y ahora no da la cara. Pero al final eso no importa, ellos ya no están y era imposible saber que esa tarde, la casualidad le arrancaría la vida a quienes empezaban a vivir.  

Nadie lleva a sus hijos a la escuela pensando que ya no volverán a casa. Todos los padres, sin importar su nivel socioeconómico, se levantan cada mañana para llevar a sus vástagos hasta la puerta de la escuela, pensando que con ello les aseguran un futuro, un mejor mañana y todas las posibilidades de éxito. 

Solamente cada uno de esos padres sabe con cuánta ilusión puso a sus hijos en la escuela, aquella mañana del 19 de septiembre. Un día más de verlos despertar, alimentar sus sueños con una esperanza que nunca nadie podrá medir, un esfuerzo, quizá más para unos que para otros, por pagar un colegio privado y la intención de darles una vida mejor, aunque eso significara más horas en la oficina y menos viéndolos jugar.

No parecía haber mejor lugar para sus hijos que esa escuela rodeada de libros, de juegos y de colores. Esa mañana se fueron al trabajo con la certeza de que estarían bien, porque a veces la vida nos engaña, nos dice que nuestros esfuerzos rendirán frutos y de repente nos sacude todos los sueños de un jalón.

¿A dónde se fue todo ese amor por la vida?, ¿de verdad se pueden sepultar los sueños, las ilusiones y el futuro de un niño bajo los escombros de un edificio?

¿Quién iba a pensar que el lugar donde tenían que estar más seguros, a donde acudían para formarse y ser personas de bien, significaría el final de sus días? 

También hay que decir la verdad: en México no se protege a los niños. Ojalá fuera la primera vez, pero ya antes habíamos visto cómo la negligencia, la ignorancia y una tragedia casual hacían el coctel perfecto para quitarle la vida a los más inocentes. 

Nadie quería que murieran los niños del Colegio Rébsamen, tampoco los niños de la Guardería ABC, en Sonora, ni ningún otro menor en este país. Ni siquiera lo querían quienes se hicieron cómplices de la corrupción y la impunidad para quitarles la vida.

La falta de gobernabilidad en México nos sigue costando estas situaciones. Ya no es solamente un presupuesto desviado, o un permiso comprado con un soborno, es que eso roba muchas vidas inocentes, personas que faltan en casa y seguirán faltando, padres huérfanos de hijos, salones vacíos, familias incompletas que no auguraban un final tan triste.  

Los niños del Colegio Rébsamen ocuparán siempre un lugar en la mente de los mexicanos. Quizá su triste ausencia sirva para recordarnos que la infancia es un momento tan privilegiado, que debe cuidarse, defenderse y protegerse por encima de cualquier otro interés.

¿Si no cuidamos a nuestros niños, qué adultos podemos esperar en el futuro?… Y entonces, cabe preguntarnos, cómo nos vengamos de un terremoto, cómo lo metemos a la cárcel y le pedimos explicaciones por la vida de 21 inocentes que ya no regresaron a casa.  

@CronicaMexicana

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