¿Me da mi calaverita?

México es un país de claroscuros, aquí se llora la muerte casi lo mismo que se ríe  o se baila. Las fiestas también son para los que ya no están y esperamos todo el año para sentirlos regresar.

Las opiniones se dividen, están los creyentes, los fanáticos, los apáticos, los wannabe, los incrédulos y a los que les da igual si vienen los del más allá. Mientras unos dicen que el Día de Muertos es una celebración solemne que sirve para pensar en los que ya se fueron, otros aprovechan para compartir, celebrar y hacer fiesta. Dice Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad que los mexicanos festejan la muerte para regresar a la vida y hacen los rituales de noviembre para renacer.

Es así como empieza el último tramo del año, atrás se van quedando los tonos ocres del otoño, es más crudo el frío y los días se acortan tanto, que parece más ligera la vida.

Al clarear la tarde, en una colonia cualquiera de la Ciudad de México, se escucha un murmullo infernal, risitas macabras que vienen de las casas; miradas se asoman por las ventanas, los callejones oscuros. Poco a poco, al tiempo que cae la joven noche de Noviembre, unas extrañas criaturas van asomándose por la mirilla, ¡es hora de salir! Los monstruos invaden la capital y llega otra vez el Día de Muertos.

Chocolate, pan, caramelos, flores amarillas, cruces de colores, velas, incienso y un olor a panteón recuerdan que se termina el año, estamos al borde de la cornisa, en la esquina, a punto de dar la vuelta.

Es 1° de noviembre y aquí todavía no muere la tradición de la famosa “calaverita”; pasadas las 6 de la tarde chicos y grandes salen a clamar por su correspondiente presente; el desfile de ánimas se admira en todas las colonias, elegantes y populosas, y hay coloridos atuendos para elegir, desde una caja de cartón con cara, hasta artefactos de última tecnología que lanzan salsa cátsup bajo plastas de látex.

Muertos vivientes bailan con las catrinas, las calabazas rechonchas se sientan a comer, Superman, Mario Bros y un tal Five Nights at Freddys  –de moda entre los chamacos– todos danzan al compás de un “¡Queremos calaverita!”, mientras los niños se ríen con los nervios, los viejos se persignan porque que es cosa del diablo y los perros no dejan de ladrar.

El alegre paseo precede a la oscuridad de la noche, muchas generaciones se juntan y las bolsas del súper se van llenando de chocolates, chicles bomba y paletas Tutsi Pop.

Ya no hay más, ya se acabó, es hora de volver a casa y guardar el disfraz, regresar de ultratumba a la vida real.

Al final, el Día de Muertos es de todos y de nadie, es de los niños, es de los grandes, de los muertos, los vivos y los que ni saben dónde están parados.

 calaca

Valeria Lira

@MoiraBoicot

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