El supermercado: una metáfora de la mexicanidad

El supermercado: una metáfora de la mexicanidad

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Son las 9 de la noche de un lunes cualquiera, es un supermercado común en la Ciudad de México, uno de esos sitios populares donde la gente de clase media se aglutina para comprar pañales y Coca Cola. Las filas para pagar son inmensas, dan la vuelta por los pasillos, y para la hora que es, ya casi todos tienen cara de pocos amigos.

Es extraño cómo, pese a que los indicadores económicos en México no son favorables, el comercio no se detiene y las tiendas siempre están al borde de su capacidad.

Es en esas filas interminables, en honor al más certero de los consumismos, cuando uno puede observar, como en un microscopio, la conformación de la sociedad mexicana a detalle, las huellas de una cultura machista, tradicional y de un nivel educativo poco deseable.

Primero, una mujer anciana se acompaña de dos carritos completamente llenos y en ellos toda clase de cosas: dulces, desodorantes, refrescos, pastel y hasta juguetes. Tras la mujer otras dos más jóvenes y al menos tres niños. Es fácil averiguar de quién son las cosas y de quién la cuenta, una anciana de la tercera edad que, como millones en México, vive de una pensión del gobierno, pensión de la que también se cuelgan sus hijas y sus nietos que esperan puntualmente esa fecha del mes, en que pueden llenar gratis el refrigerador.

Más adelante una pareja joven, de menos de 30 años, y dos niños que no se quedan estáticos ni por un segundo, lloran, gritan, patean y buscan quién les haga caso, o al menos les compren un caramelo. Aquí es fácil adivinar que hubo un error en el método, sucedió lo inesperado y las consecuencias son que ahora esta pareja cambió los anticonceptivos por pañales, y montones de antiácido.

En otra fila se ubica una pareja más tradicional, él usa botas y sombrero, ella mandil. Llevan leche de la más barata y mucho pan; ella coloca las cosas, pero él controla la situación, el dinero y la dirección del carrito.

Esperando en la larga fila para pagar, ella aprovecha para hacer un recuento de las cosas que le faltan por comprar, eso aunque él dice que no, que ya gastaron mucho, pero eso es porque su orgullo de macho mexicano no le deja delegar el mando. Y así se genera una especie de resorte, un estira y afloja por la lucha entre, quién educa a la sociedad y quién dice tener el mando, porque así se lo enseñaron.

Luego viene el clásico Millennial. Tiene menos de 30, su traje de Godínez lo delata como un oficinista recién estrenado, carga un celular de gama alta, aunque compra mantequilla de marca libre porque tiene que pagar la renta del primero, para poder seguir mandando fotos “por el feis”. Aquí observamos otra situación que viven millones de jóvenes mexicanos, con trabajos absorbentes que no dan lo suficiente para vivir, pero sí lo justo para rogar por más.

Al final, la sociedad mexicana funciona como un supermercado: todos echamos y echamos, hacemos como que nos alcanzan el recurso y las ganas, vamos pensando en el futuro mientras elegimos una marca u otra, y hasta apostamos a encontrar respuestas a las incógnitas de la vida, en el discernimiento entre los distintos sabores de un jugo artificial. Pero sin importar nada, en algún punto llegaremos a la caja y tendremos que pagar la cuenta.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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