¿Por qué amamos los viernes?

¿Por qué amamos los viernes?

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Un año tiene de 52 a 53 días viernes; parecen pocos en relación a cómo los mexicanos, y en general la cultura occidental, los aprecian, esperan y disfrutan en un círculo interminable, que va desde que nacen hasta que se mueren.

Algo extraño pasa con los mexicanos, que todavía no ven empezar la semana cuando ya quieren que termine. Hay exactamente cuatro días de diferencia entre el lunes y el viernes, y sin embargo, esos dos días son polos opuestos en la vida de la gran mayoría de las personas, mirando al primero como el inicio de la larga cuesta arriba y al último, como el premio de ese tortuoso trayecto.

Será que la costumbre del mexicano promedio es aguantar. Nada le puede parecer tan bueno, ni tan disfrutable, no puede tener un trabajo que le sea agradable y al cual regrese cada lunes con entusiasmo; por supuesto que sería inconcebible, ver salones de escuela repletos de estudiantes ávidos de conocimiento; y menos todavía sería posible sentarse en la puerta de la casa, un medio día de pleno miércoles, a beber café y ver el tránsito pasar.

Amar los viernes es una mala costumbre, que nos recuerda con constancia lo horrible de la vida, todo lo que hay que soportar, lo que estamos obligados a hacer, aunque no queramos, sólo porque sí, porque si no seríamos anormales felices, en un mundo de perfectos infelices sufriendo el letargo semanal.

En muchos países, como Inglaterra, Argentina y Uruguay, las personas tienen un concepto distinto del tiempo; en esos sitios son comunes las reuniones a mitad de semana, sentarse a beber té, café o mate, en un día laboral, sin presión alguna, y hasta sacar una silla para habitar por un rato la banqueta, solamente por el gusto de ver la vida pasar.

En cambio en México, la percepción es diferente; de lunes a jueves todo es correr y la mayoría postergan los placeres para el viernes, salir, ir al cine, hacer una reunión o comer algo rico, como si para merecerlo tuvieran que pasar por el horrible trance de aburrirse y comer mal durante cuatro días.

Claro que en la vida hay muchas cosas que tenemos que hacer, aunque no queramos, pero algo funciona pésimo en un país donde ese es el móvil principal y lo que se enseña desde la infancia.

Encuestas señalan que al menos el 50% de los mexicanos afirma no trabajar en lo que le gusta, haciendo lo que hace por comodidad, por el dinero o por conformismo. Es obvio que con esas estadísticas no podemos hablar de una población que sea capaz de disfrutar el día a día o dejar de correr para empezar a vivir en realidad.

Aquí las prioridades son otras, hay que correr para crecer, estudiar una carrera que dé para vivir, trabajar en horario corrido para pagar las cuentas, soportar la monotonía de hacer todos los días lo que no se ama y así hasta que la muerte nos separe, amén.

No hay ley, fórmula o remedio mágico para arreglar este problema, sólo una reflexión a por qué hay poblaciones que son felices y poblaciones que quisieran serlo, y reconocer por qué somos o no parte de ellas.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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