El Metro: cuestión de supervivencia

El Metro: cuestión de supervivencia

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Zócalo, Hidalgo, Chabacano, he cruzado un millón de veces. He querido salir por la puerta, pero siempre hay alguien que empuja para adentro…

Hace mucho tiempo, allá por 1969, el gobierno de la Ciudad de México inauguró lo que entonces parecía el camino directo a la modernidad: el Sistema de Transporte Colectivo Metro.

A casi cinco décadas de distancia de esos hechos, probablemente el equivalente a la población mundial multiplicada por diez, ha cruzado por los andenes de este transporte, yendo y viniendo cada día de un lado a otro de la ciudad, gracias a estos gusanos naranjas que corren a la velocidad del tiempo y de la vida de los chilangos.

Hoy sabemos que el Metro no es la panacea, su capacidad se ha visto superada por el crecimiento poblacional, la migración y la descomposición urbana de la capital; simplemente ya no es un transporte tan funcional, y aún con eso mueve a millones de personas cada día.

Ya no hay días ni horas, hoy es posible que cualquier momento se convierta en un caos cuando estás en el Metro. Hordas enteras de humanidad se aglutinan por los pasillos, la peste emitida es la misma voz de la coexistencia, una manera de decir que ahí hay personas, todas empujando, tratando de salir o de entrar, esperando al Metro.

Y cuando llega aparece la búsqueda de supervivencia. Hay que entrar a como dé lugar en el vagón, empujar, jalar, gritar, patear, esa es la confirmación de que queremos vivir porque, finalmente y después de convertirnos en una plasta humana, siempre logramos entrar.

El Metro es una metáfora de la vida en la Ciudad de México; un enorme afán de ir y venir hacia ninguna parte, correr sin sentido y ganar un lugar, esperar un destino y cambiar la ruta una y otra vez, eso hasta que las puertas se cierran y ya no hay marcha atrás. Y luego resignarte, ver por la ventana el correr de los autos, las calles, un túnel oscuro y luego la luz otra vez, y todo sucede mientras un niño, apoltronado en el asiento de enfrente, te observa y se saca los mocos.

El Metro es signo y cuestión de supervivencia para millones de chilangos, una especie de corazón que sigue latiendo por necesidad, porque hay que moverse, ir a la escuela, al trabajo, comer, viajar y vivir, y también porque así lo hicieron los abuelos, los padres, así lo hacemos hoy nosotros, y quizá mañana lo sigan haciendo nuestros hijos.

En pocas palabras: el Metro es el motor de la clase media en la Ciudad de México y, al mismo tiempo, una especie de limbo donde todos los estratos sociales se ven confrontados, se topan con pared porque entienden que ahí abajo y al cerrarse las puertas del vagón, todos son iguales.

Quizá por todo eso, los chilangos siguen aferrados a usarlo, a vivir en él y de él, sin importar que algunas veces tengan que entrar por la ventana, “quemarse” la peste del que no se bañó o agarrarse a golpes con la gorda de al lado.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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