Lugares cutres para morir en la Ciudad de México.

Lugares cutres para morir en la Ciudad de México.

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La Ciudad de México está llena de contrastes, tiene sitios maravillosos, edificios de lujo que podrían pertenecer a cualquier país de primer mundo, al mismo tiempo que posee zonas horribles, invadidas por el crimen, la pobreza y el abandono.

El Metro

Nadie se debería querer morir en este transporte público. Útil para unos, odioso para otros, sus pasillos no niegan el paso del tiempo, están llenos de mugre, basura acumulada, grietas y humedades, son simplemente un canal de paso para miles de personas.
Lleno a unas horas del día y completamente solitario a otras, es escabroso pensar en colgar los tenis en alguno de estos andenes o aplastado por un vagón. Pese a ello, cada año más de 30 personas eligen el Metro de la CDMX para quitarse la vida.
¿Qué tan glamuroso puede ser irse al otro mundo hecho cachitos, achicharrado, y que encima, media ciudad te maldiga porque le echaste a perder el día?

Cualquier parque

La CDMX tiene parques increíbles para pasear, ver, correr, jugar y hasta andar en bicicleta, pero no para morirse.
Cualquiera que conozca la ciudad sabe que ahí abundan dos clases de ratas, las de dos y las de cuatro patas. Si te mueres o te suicidas en un parque, las primeras te van a bajar hasta los calzones (y sin cartera, ni ID, nadie sabrá quién eres, irás derechito a la fosa común), y las segundas te van a devorar para que, igual, nadie sepa quién eras.

La TAPO

Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente, mejor conocida como la TAPO, esta estación es una de las más concurridas de la Ciudad de México, con unos 100 mil usuarios diarios.
Podrías sentarte en alguna de sus salas de espera y quedarte tieso, pero nadie se percataría del hecho.
Miles van y vienen a diario, el ritmo es acelerado y para que alguien capte que estás ahí, muerto, tendrían que pasar varios días, hasta que apestes y se te paren las moscas.
Hace poco una mujer fue descubierta cuando, en este mismo lugar, esperaba el camión para viajar con el cadáver de su hijo muerto, envuelto en una bolsa de plástico.
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