El día que vimos un eclipse

El día que vimos un eclipse

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Nadie podría creer que en un lugar como la Ciudad de México, donde confluyen el caos, la contaminación, el ruido incesante y el peso de la mano del hombre sobre toda la naturaleza, aún sea posible ver, escuchar y abrazar, un fenómeno natural de manera completamente empírica.

El 21 de agosto de 2017, el mundo entero esperó un eclipse solar como no se presentaba desde hacía 26 años. Era un espectáculo natural de esos que difícilmente se ven dos veces en la vida.

El Bosque de Tlalpan es uno de los pulmones más importantes de la Ciudad de México, ubicado al sur y con más de 200 hectáreas de bosque, que además son el hogar de muchas especies de aves y otros animales.

Ese lugar, fundado en 1970, fue nuestro escenario para el eclipse. Caminamos durante un rato, impactadas por el brillante verde que invadía cada rincón del bosque, un verde tan vivo que casi parecía estarnos observando a cada paso.

Más arriba, un mirador nos reveló la vista hacia la Ciudad de México, bajo un cielo extrañamente despejado para un medio día de lunes. Entre las copas de los árboles alcanzábamos a ver los techos de los edificios, tan altos que chocaban con las nubes grises, en una lucha por ver quién sobresalía más en todo el paisaje.

Estar allá arriba y no aquí abajo, y ver al mundo moverse como una máquina autónoma, te recuerda de pronto la fragilidad de tu existencia, y la manera tan fácil en que puedes dejar de estar, si tú lo quieres.

Pese a la absurda influencia del hombre sobre todas las cosas del mundo, la naturaleza sigue teniendo su propio curso y una voluntad férrea para moverse a su antojo. A ella no le importó que allá abajo, en el mundo real, ese lunes fuera el día marcado en el calendario para el regreso a clases de 26 millones de niños, o el fin de las vacaciones para todo un país.

Estando arriba la naturaleza hizo de las suyas. En medio de un silencio sepulcral, el cielo se nubló, abrazamos un árbol y sentimos el paso del eclipse sobre nuestras cabezas. Una especie de energía magnética lo invadió todo, mientras las hormigas, bajo nuestros pies, corrían para ocultarse de la llegada de una noche inesperada.

Aún en un sitio tan contaminado como la Ciudad de México, donde parece que no hay un centímetro de tierra que no haya sido tocado por los autos, la naturaleza sigue estando viva y demostrando su poder. Las montañas aún respiran y los animales confían en su instinto, se esconden cuando ven llegar un eclipse, igual que cuando ven venir la noche, y se arrullan con el rumor lejano de la ciudad.

La tierra, el sol y la luna hicieron su tarea ese día, en una sincronía perfecta que fue admirada por miles de millones de personas por todo el planeta. Nosotras aquí, desde la Ciudad de México, antigua Tenochtitlán, nos alumbramos con aquella extraña vibración proveniente de un cosmos lejano.

Y esas son las cosas que uno tiene para contar cuando llega a viejo, y el mundo ya no es más que una anécdota de nostalgia.

@CronicaMexicana

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