La ciudad que se muere todos los días

La ciudad que se muere todos los días

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La Ciudad de México, según la descripción de Carlos Monsiváis, vive a diario en una especie de apocalípsis, una muerte eterna a la que los chilangos están más que acostumbrados, cuando ven nacer la modernidad entre los escombros del pasado.

Quizá quienes han vivido siempre aquí no pueden notarlo, pero tras esas nubes grises de contaminación y los paisajes plagados de descomposición social, se esconde el corazón de una ciudad que se niega a morir, resiste e incluso sigue dando vida, ante las enormes cifras de sobrepoblación que la aquejan. La verdad, no hay nadie más efectivo en términos reproductivos que los chilangos, quienes desafían restricciones económicas, de espacio e incluso de estadísticas, con tal de seguir trayendo chilanguitos al mundo.

Es extraño cómo el paisaje de la ciudad siempre nos recuerda el paso del tiempo, a la vez que vemos crecer enormes edificios modernos, que albergarán la vida de quienes aún no nacen, otros edificios viejos se deterioran, caen y con ellos se llevan la existencia de quienes ahí vivieron.

La Ciudad de México siempre es igual, nace y muere al mismo tiempo, mucho más rápido que cualquier otra y al ritmo acelerado en que sus habitantes intentan sobrevivir. Su existencia va casi tan rápido como quienes intentan alcanzar el Metro, o tan veloz como los pasos de aquellos que suben corriendo por las montañas del Bosque de Tlalpan, en busca de aire limpio.

Ser chilango no es cosa fácil, unos lo aman y otros lo odian, pero casi todos coinciden en que la Ciudad de México atrapa, es difícil irte una vez que estás aquí, y es casi inevitable regresar cuando te vas, como en una especie de maldición que no permite olvidar los orígenes cábulas, albureros y gandallas, de quienes aquí vieron la luz por primera vez.

@CronicaMexicana

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