¿Somos hijos de la corrupción?

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Pocas naciones en el mundo se conocen por ser unas mentirosas de primera, tanto como se conoce a México. Imposible saber desde cuándo sucede esto, desde cuándo los mexicanos somos unos tramposos profesionales.

Según encuestas, un mexicano miente en promedio cuatro veces al día, le miente a su madre, a su esposa, a la maestra de la escuela, al jefe en el trabajo, al policía de tránsito, al médico, a los impuestos y también al vecino. Le miente a todos para sentirse mejor, y para engañarse a sí mismo, acerca de su mediocre realidad.

Irónicamente, México no encabeza las listas de los países más mentirosos, ni tampoco las de los más corruptos, y sí lo hacen naciones como Japón, cuya percepción desde fuera es bastante distinta.

El problema de las mentiras no frena en una ligera modificación de la realidad, para llegar tarde o no hacer la tarea. La realidad es que mentir como una costumbre cultural, genera disfunciones enormes, y la sociedad termina por correr de un modo alterno, en el que la falta de ética es, al mismo tiempo, su motor y su freno.

Y ni hablar de la corrupción, un lastre que arrastran los mexicanos, echándole la culpa al gobierno, los funcionarios, los políticos, el sistema. No saben que la corrupción empieza, cuando evaden una multa por pasarse un alto.

Como dicen por ahí: tanto peca el que mata la vaca, como el que le agarra la pata. Y no es para menos, que los políticos hagan desfalcos millonarios de las arcas del país; es exactamente igual no pagar lo que debemos, hacernos tontos con el cambio, o no regresar lo que no nos pertenece.

De algún modo, el país funciona corruptamente, porque todas las parte están de acuerdo. Por un lado los corruptos roban en gran escala al país, se llenan los bolsillos, venden concesiones a sus propias concesionarias, y hacen negocios redondos a costa del erario público, pero por otro lado, los ciudadanos se conforman porque aquí, si mienten, nadie los castiga, la ley no se cumple de modo alguno, y todos van por ahí haciéndose los locos, los unos con los otros. Y cuando llegan las elecciones, si tienes suerte, te toca una torta y un jugo gratis, por cada candidato pretencioso y mentiroso, que quiera venir a hacerse rico.

Hacer una reforma contra la corrupción, en México, es imposible, porque habría que empezar, no por las altas esferas, sino por los de abajo, los ciudadanos de a pie que, durante décadas enteras, han estado cómodos en un sistema paralelo a la ley.

De nada serviría que los políticos dejaran de mentir, si en la calle seguimos viéndonos la cara.

Además, habría que recordar que el costo de la corrupción es multimillonario, no sólo por los montos robados, sino en cuanto a inversión, percepción, productividad, ingresos y empleos.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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