“Soy ladrón, no ratero”

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Robos silenciosos, sin violencia, discretos y perfectos, así es como trabajaba uno de los delincuentes más buscados de la Ciudad de México, allá por los años 70.

Efraín Alcaraz, mejor conocido como “El Carrizos” fue, durante sus mejores años, el talón de Aquiles de policías, guardaespaldas, vigilantes y toda clase de sistemas de seguridad que sucumbían ante su sombra.

Un simple mortal de a pie protege su casa con un candado o dos y la bendición de todos los santos, ante la aparición de los amantes de lo ajeno. Pero quienes poseen verdaderos tesoros en su hogar, políticos y artistas acaudalados, siempre han implementado sofisticados operativos de seguridad para cuidar sus residencias, con personal de vigilancia de tiempo completo, cámaras y hasta rejas electrificadas.

Y con todo eso, durante décadas enteras, El Carrizos hizo de su nombre una leyenda por transgredir, una y otra vez, toda la seguridad de figuras de alto rango, para cometer robos que pasarían a la historia.

En su lista de víctimas están el ex presidente José López Portillo, el ex regente de la Ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu, Olga Breeskin, el ex presidente Luis Echeverría, Hugo Sánchez, y muchas otras figuras acaudaladas, que habitaban la capital del país.

Hoy en día, a más de 50 años de haber iniciado su carrera delictiva, y con una larga lista de ingresos a reclusorios, El Carrizos afirma que él no es un ratero, es un ladrón que trabaja a la usanza de la vieja escuela, con arte y elegancia, y no se deja comparar con cualquier bandido callejero.

Y es por todo lo anterior, que Alcaraz estuvo en boca de toda la policía de la Ciudad de México, perseguido, mentado, pero reconocido como un maestro del asalto, de esos que hoy, tiempos de crímenes sangrientos y descarados, ya no existen.

Además, El Carrizos es un testigo viviente de una época en que la delincuencia organizada trabajo de la mano de la policía mexicana, en una cadena de corrupción que funcionaba perfectamente bajo la aprobación de regentes, ministerios públicos y elementos de seguridad. Pero además, se trataba de una generación de criminales con escuela, que tenían códigos imposibles de transgredir, movidos por la ambición, pero que trabajaban para vivir, y aun bajo su particular oficio, se decían éticos.

@CronicaMexicana

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