Y tú, ¿eres el Peter Pan de tu casa?

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El síndrome de Peter Pan no es otra cosa que la negación de la adultez, un fenómeno que está atacando al mundo occidental y que nadie sabe cómo frenar. Hace alusión a la novela de J. M. Barrie, en la que un grupo de niños viven en una isla de ensueño, bajo la promesa de nunca crecer.

Hubo una época en que la vida de los mexicanos transcurría mucho más rápido de lo que vemos ahora. El ciclo era sencillo: nacer, caminar, trabajar, reproducirse y morir. Y es que la esperanza de vida no iba más allá de los 40 años, y las oportunidades de progreso eran pocas, había que priorizar las necesidades básicas: comer, encontrar oficio y vivir como se pudiera.

Hoy las condiciones en el país son completamente diferentes, aunque mucho se hable del decaimiento económico del país por causa de la corrupción, la realidad es que en mucho se ha mejorado, sobre todo en cuanto a infraestructura social y calidad de vida.

Y aquí la ironía. Aún cuando hay tecnología, información, apoyos del gobierno, educación y salud gratuitas, algo está pasando, que a las nuevas generaciones no les permite terminar de despegar.

Es común escuchar los discursos de los más grandes, que antes de terminar la escuela ya estaban trabajando y antes de pasar la adolescencia ya se habían ido de casa a ser independientes. Eso parece un gran desafío para más del 70% de los jóvenes mexicanos de hoy en día, que hasta los 29 años o más, siguen viviendo en casa de sus padres, siendo “niños perdidos”, eternos.

La mayoría argumenta que la vida afuera es muy cara, difícil encontrar un empleo bien remunerado, no tienen acceso a créditos bancarios y muchos se aferran a los estudios de posgrado, ante la aparente imposibilidad de hacer una carrera laboral.

Hace algunas décadas, los jóvenes salían de los hogares paternos sin terminar ni la educación básica, y como mandaba la tradición, no les quedaba otra opción más que casarse y tener hijos. Pero con todo eso, pese a que los apoyos sociales eran pocos y ni siquiera la escuela pública era tan gratuita como ahora; las personas se dedicaban a trabajar y salían adelante, se hacían de propiedades, lograban carreras sólidas y hasta cierto éxito social, si querían. Todo era más fácil en un mundo que, a la vez, era mucho más complicado.

Hoy, con tantas ventajas, el rango de edad de independencia de los jóvenes mexicanos, cada vez se extiende más, por el alto costo de la vida, frente a los raquíticos salarios que se ofertan en México.

Para rematar, también la prolongada estancia de los hijos en el hogar provoca frustración en los padres; necesidad de mayores ingresos y menos oportunidad de retirarse al llegar a la vejez. Y eso sin hablar de los hogares compuestos por más de una familia, donde los hijos llevaron a vivir a sus parejas, con sus propios vástagos, bajo el mismo pretexto de que no hay posibilidades de adquirir una vivienda o pagar una renta. Y quién sabe cuándo se vayan a ir.

El panorama no es muy bueno, los estudios revelan que éste es un fenómeno mundial alentado, no sólo por la situación económica, sino por un problema de madurez generacional, en el que millones de jóvenes crecieron bajo esquemas de vida fáciles, llenos de comodidades, y sin conocer el costo real de la vida, por lo que al llegar a la adultez se niegan a enfrentar su situación, y prefieren permanecer en una adolescencia eterna, sin responsabilidades, y dejando que otros se hagan cargo.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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