El miedo a empoderar a las minorías

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Algo pasa en este país, que cuando uno, entre muchos, levanta la mano, los otros se le echan encima. Dicen que los mexicanos son como los cangrejos: se jalan entre ellos para que nadie salga de la cubeta.

Y así, aunque disfrazada de metáfora, la realidad no es menos fuerte.

Resulta ser que en México, el país del “no pasa nada”, el surgimiento de las redes sociales vino a regalarle voz a quienes no la tenían; muchos desde una trinchera virtual empezaron a hablar, opinar, decir lo que les molestaba, a reclamar su existencia, en una nación con muchas minorías invisibles.

Los ecologistas, los defensores de los animales, las mujeres, los homosexuales, las víctimas de la delincuencia, los pobres, los estudiantes, los asalariados, los maestros, los adolescentes y hasta los despeinados. Para todos existe un grupo, un foro, una red social, que les permite hablar y hacerse sentir.

Pero como en México, nada es lo que parece, de pronto surgen los detractores, gente a la que simplemente no le gusta que alguien tenga una causa, o utilice su libertad de expresión para decir cómo se siente.

Es hiriente que, en una sociedad donde el principal problema es la apatía, se ofenda a quienes tienen una lucha en su corazón, sobre todo cuando es una lucha por derechos, por igualdad o por bienestar. Les molesta que, quienes nunca se habían oído, ahora puedan gritar, molestar socialmente; que haya quienes busquen salir de su zona de confort; da comezón saber que hay conciencias despiertas, corazones latientes, y que los mexicanos no son uno, son muchos, que ya no quieren que todo siga igual.

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Malamente, estos detractores demuestran su molestia con apodos, con ofensas, con repetidos absurdos que no proponen, sólo se quejan.

Es el caso de las mal llamadas “feminazis”. ¿Qué de malo tiene que las mujeres no quieran ser más objetos?, ¿está mal que exijan igualdad?, ¿acaso no son iguales a todo el resto de la raza humana? Si durante siglos las mujeres han sido relegadas al papel de sirvientes, objetos sexuales, criaturas no pensantes, ¿por qué ha de estar mal, que le den una cucharada de su propia medicina al género masculino?, dicen por ahí: “una de cal por las que van de arena”.

Pero no, se les llama locas feminazis, enfermas de feminismo, alguien quiere que se queden en su casa lavando platos, recatadas, silenciosas de sus dolores, de la sangre que les sale por las piernas, que se rasuren las axilas, y el bigote para ser decentes, que no tengan orgasmos, que no se toquen, que no exijan placer, y que tengan los hijos que Dios les mande. ¡Carajo!

Parece mentira que en pleno siglo XXI, se rechace a alguien que sólo exige sus derechos humanos más elementales.

Los animalistas son otro caso. Es probable que no todas las personas puedan sentir empatía con un animal, porque eso no es una moda, es un don. En un planeta destruido por la mano del hombre, surgen personas que saben que hay alguien más, algo más, que creen que es posible un mundo mejor, más justo para todos los que aquí habitan, y trabajan por ello. Como el “efecto mariposa”, quizá recoger un perro o un gato de la calle, aparentemente no cambie el mundo, pero sí cambia la vida de alguien que vale tanto como un humano, que tiene dignidad y no merece morir hecho puré bajo los autos, sólo porque alguien no creyó que su vida valiera la pena. Y así, los superhéroes de hoy en día, son personas que creen en las pequeñas acciones que –sumadas– cambian el mundo. Y los villanos son todos esos que dicen que hacer algo no cambia nada.

El otro eslabón de la cadena son los homosexuales. Quién sabe por qué hay tanta resistencia de los mexicanos a creer que todo siempre fue como ellos lo ven, que la gente siempre fue heterosexual, que todos siempre se casaron y vivieron infelices para siempre. No entienden que la sexualidad no es una imposición, ni un castigo, es una elección y un derecho humano que debería ser respetado.

Una y otra vez se levantan voces absurdas que rechazan el matrimonio gay, la adopción por parte de parejas homosexuales; imponen roles, géneros y clasificaciones con todo el rigor, pero: ¿qué derecho tienen?, ¿qué derecho tienen de decir quién puede casarse y quién no?, peor aún, ¿qué derecho tienen de elegir cómo formar las familias de este país?, en lugar de trabajar porque existan menos niños no deseados en los orfanatos, su doble moral sólo les da para exigir que esos niños se queden ahí, solos, refundidos, olvidados, que no tengan derecho a ser queridos en una familia.

En pocas palabras, la sociedad mexicana tiene miedo de empoderar a las minorías, del cambio, de que llegue un momento en que todos tengan los mismos derechos, y se reviente el molde de la doble moral.

Como esos tres ejemplos hay muchos más, de gente que ha decidido que también es ciudadano mexicano, y ya no lo volverá a olvidar.

Y sí, aunque parezca raro, fue gracias a las redes sociales, que las minorías se empoderaron y empezaron a existir en el imaginario colectivo de este país; que gracias a eso, está dejando de ser conocido como un país de agachones y viles sirvientes del poder.

Si alguien busca progreso en México, si alguien desea que este cachito de tierra se parezca en algo al Primer Mundo, entonces no tiene más que voltear a ver a esas minorías, que hoy son muchos, incomodando y exigiendo sus derechos.

Lo dijo una vez Ricardo Flores Magón:

“La revolución se nutre de cerebros y de nobles corazones.”

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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