América para todos

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Para noviembre de 2016 se espera la conclusión de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, donde sabremos –por fin– quién gobernará al país del norte, en sucesión del todavía presidente Barack Obama.

Estas son, quizá, las elecciones más importantes de todo el planeta, pues en ellas se define prácticamente el destino y la política internacional, del resto de los países capitalistas.

Es innegable el poderío que aún tiene, pese a muchas voces en contra, Estados Unidos respecto a otras naciones, y mucho más aún el que tiene sobre México, a quien llaman “el patio trasero”.

La relación México-Estados Unidos ha sido polémica desde que el mundo es mundo; nadie quiere ser mexicano, todos quieren ser norteamericanos, y América es para los gringos, no para los latinos, quienes son simplemente sirvientes, seres que aspiran a ser lo que son, quienes viven legalmente al otro lado del Río Bravo.

Y en este punto, la migración es un tema álgido; ni México, ni El Salvador, ni Guatemala, son capaces de proveer a sus habitantes lo suficiente como para evitar que crucen la frontera buscando un mejor futuro. Al menos tres millones de personas intentan cruzar ilegalmente a Estados Unidos cada año, siendo víctimas de secuestros, violencia, crimen organizado, trata de personas, y accidentes, sin que nada ni nadie les dé alguna garantía de sobrevivencia.

Con las candidaturas a presidente de Estados Unidos, en 2016 se desató la polémica. Desde el inicio, y hasta unos meses antes de terminar la campaña, el candidato más fuerte es Donald Trump, del Partido Republicano, quien ha caracterizado sus propuestas por estar teñidas de altos grados de racismo, xenofobia y conservadurismo extremo. Y la preocupación va en aumento, porque el magnate no parece desistir, pese a que hay más de 120 millones de hispanos en esa nación, y cuya inmensa mayoría no aprueba las políticas antiinmigrante que propone.

Grupos de todas clases se han pronunciado en contra de las promesas de Trump, quien asegura que, en cuanto llegue a la presidencia, construirá un enorme muro en la frontera con México (sí, muy a lo “muro de Berlín”) y expulsará a todos los latinos ilegales quienes, asegura él mismo, le han robado el sentido a la auténtica Norteamérica.

La situación da horror, no sólo de pensar en que esas políticas se implementen y las consecuencias que tendrían sobre el resto de América Latina. Además, es escalofriante pensar que, en pleno siglo XXI, seguimos luchando contra actitudes discriminatorias de este nivel. Y más aún que Trump no es un loco que habla solo, tiene consigo a una parte importante de los electores estadounidenses.

Mucho más allá de estar de acuerdo o no con la migración ilegal hacia Estados Unidos, la realidad es que en ese país los latinos son una fuerza de trabajo fundamental, que lejos de perjudicar, ha beneficiado económica, cultural y socialmente; Norteamérica no es una nación pura, más bien es una nación construida de inmigrantes, multicultural, enorme demográficamente hablando, y que debería de tener una actitud mucho más contundente sobre el tema.

Claro que no hay país que aguante una migración eterna, sería como querer meter muchos sitios en uno solo, sin embargo no es ese el tema.

El tema es que las fronteras deberían ser, en una era tan avanzada como la que vivimos, un elemento diplomático, limitado a la política internacional, pero móviles, en cuanto a temas humanitarios se refiere. Y América, llámese Estados Unidos, Canadá, México, Guatemala, El Salvador, Argentina, Perú, etcétera, deberían ser un frente común, no un campo minado para los propios americanos.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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