Sufro, sufro y sufro: vocación de víctima

Sufro, sufro y sufro: vocación de víctima

sufrir1

¿Te has preguntado por qué le lloras a los muertos?

En algún momento de la historia, a los mexicanos nos enseñaron que la vida era un terrible valle de lágrimas de cocodrilo, sonorizado por los golpes de pecho, y cargado de enormes y pesadas piedras con la forma de un corazón.

La gran mayoría de los mexicanos aprenden, desde el momento en que nacen, que su obligación en este mundo es venir a llorar y merecer los peores tormentos posibles, los que incluyen cosas como la culpa, el chantaje, la resignación, la resistencia y la abnegación.

Nadie se lo explica todavía, pero la idiosincrasia del mexicano está formada, justamente de esa vocación de víctima, y el motor de su vida es el sufrimiento porque sí, porque así le tocó y se aguanta. Basta con encender la televisión en un canal de comedias mexicanas, para ver cómo la lección se repite a constancia, hay que llorar, la vida es trágica e injusta, y si no hay lágrimas en tu vida entonces estás haciendo algo mal.

Otro ejemplo de esta victimización nacional es la muerte. Mucho más allá del Día de Muertos, que es una fiesta en la que se recuerda a los que ya no están, algunas veces parece que los mexicanos gustan de lapidar a los que siguen vivos, hacerlos sufrir porque están aquí, mientras los otros se tuvieron que morir; una especie de sacrificio invertido en el que nadie se merece estar bien o ser feliz, mientras los muertos, muertos están y los vivos sólo saben llorar.

Ni qué decir del papel de la madre mexicana sacrificada. En el imaginario colectivo de este extraño país, la figura de las madres se vislumbra desde una especie de pedestal intocable, lo más sagrado que el mexicano tiene, pero que al mismo tiempo, por su condición maternal y de mujer, tiene un costal de piedras para cargar a lo largo de la vida.

Y así, desde niñas, ellas están condenadas a sufrir con sus cuerpos sus propios dolores, luego el dolor de convertirse en madres, satisfacer a los hombres, hacer un trabajo constante y no remunerado, y terminar ancianas, decrepitas y olvidadas, viendo cómo sus vástagos hicieron sus vidas y ellas se quedaron a sufrir.

No importa si eres rico, pobre o perteneces a la clase media, cuando eres mexicano siempre habrá la manera de lograr que llores sangre, pero además, tu obligación es hacérselo saber a todo el mundo, y que nadie se vaya vivo sin haber sentido lástima por ti. Por eso los noticieros mexicanos siempre están plagados de imágenes negativas, sucesos negros, y asuntos que parecen destinados a alterar los nervios del público.

Y luego, después de siglos de habernos formado esa imagen de víctimas, nos atrevemos a quejarnos, porque desde el extranjero nos miran como sumisos, tontos y pobres, mexicanos sin remedio a los que hay que darles sólo migajas para que sigan llorando.

Este estado de victimización al que los mexicanos están, más que acostumbrados, es una enfermedad, una adicción al dolor que no ha sido tratada y resulta en el malestar generalizado de la sociedad. Estamos habituados a quejarnos del sistema, del gobierno y hasta de nuestro propio actuar, pero hay un gen que nos impide despertar para cambiar lo que no nos gusta. Ese gen es la vocación de víctima, un “Pepe el Toro”, que todos los mexicanos llevan grabado en su interior, y que sale al rescate cada que se vislumbra una oportunidad para cambiar o ser diferentes y mejores.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail