Cambio climático a lo chilango

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En esta gran ciudad, algunas veces nos despertamos con una sentencia apocalíptica; la contaminación ya nos llegó a la nariz y es hora de la famosa contingencia ambiental. Como si pudiéramos protegernos del mismo aire que respiramos, el gobierno nos pide no salir, no hacer ejercicio afuera y evitar acciones contaminantes, como el uso del automóvil y las quemas de basura. Y los días que prosiguen, parecen de película de terror, llenos de tapabocas y un horizonte gris que anuncia el fin.

Calentamiento global, cambio climático, derretimiento de los polos, apocalipsis. Como decía aquella película de los años 70, ahora sí el destino nos ha alcanzado a todos y hoy, en pleno siglo XXI, vivimos las consecuencias de la explotación indiscriminada de los recursos del planeta.

Quizá es algo que pocos creían que iban a ver. El calentamiento global, como se reflejaba en el cine, parecía una cosa ¡tan enferma! que era lejana, del tipo: “a mí no me va a pasar”, y sin embargo ya nos está pasando.

Aquí en Chilangolandia, la ciudad donde todo puede suceder, ya se viven, desde hace varios años, los estragos del sobrecalentamiento de la tierra. Fenómenos, como vientos arrasadores, climas extremos, nevadas y sequías, son cosas que hace unos 50 años hubieran sido impensables para la capital del país, y sin embargo, hoy son una realidad que mueve el tapete de más de ocho millones de habitantes.

Muy atrás quedaron los años en que el clima de la Ciudad de México era templado, extraño para las ciudades del norte o del sur, que padecían temperaturas desérticas.

Rodeada, en sus inicios, por grandes extensiones de bosques y ríos cristalinos, la CDMX era, para sus primeros pobladores, un oasis de vida, que lo mismo dejaba hacer cultivos flotantes de hortalizas, que abastecer de agua a los habitantes, y toda clase de nobles tareas, que permitía la riqueza natural del terreno, en un clima paradisíaco.

Hoy, cientos de años después de que los primeros pobladores llegaron a habitar Tenochtitlan, en la CDMX ya sólo hay islotes en Xochimilco, los ríos están entubados y llevan aguas negras, y los espacios verdes se han visto reducidos casi en su totalidad. Todo esto ha modificado, significativamente, el comportamiento del clima, algo de lo que todos los chilangos son testigos; períodos de días helados, seguidos de canículas agonizantes, cielos despejados y, enseguida, diluvios universales. Y luego, esos momentos en los que el viento es tan fuerte, que parece que va a tirar los edificios.

Estos síntomas de enfermedad climática, se han acentuado en los últimos tres años, con una urgencia que parece advertir de los tiempos que pronto vendrán. Pero como hay que perseguir la chuleta, y aquí está muy gorda, pues la vida de la ciudad sigue, con contingencia o sin ella, con epidemia o sin ella, con espectaculares o sin ellos. Y seguimos viniéndonos a vivir aquí, llenando los edificios de gente, las calles de coches y las alcantarillas de basura, en un ciclo ¡tan veloz!, que ni siquiera podemos dimensionarlo.

Valeria Lira

@CronicaMexicana

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